Ni sirenas, ni Circe, ni tormentas en alta mar. Lo de Ulises no fue nada, ¡nada! Estaría celoso del viaje odiséico que estoy haciendo por estos sures peninsulares. Todo muy bien por Cáceres y Mérida, pero al llegar a Sevilla un malvado cajero electrónico se tragó mi tarjeta, a las once de la noche. ¡Y sí! Mi tarjeta de Caja Canarias, porque soy tan inteligente que utilizo en la península una tarjeta que sólo se puede desbloquear en Madrid y Barcelona, en caso de que uno tenga que bloquearla, si pasa algo como que un cajero se la trague. Entonces, ahora tengo que ir a Madrid a hacer lo dicho. Lo que me consuela, es que cuando fui por la mañana al banco a recoger la tarjeta, me abrieron un abanico de ellas para elegir la mía, porque durante la noche se había tragado el cajero como nueve más. Es cruel aliviarse con la desgracia ajena pero a veces funciona.
Seguimos con nuestro cochecito alquilado hacia Granada, donde lo aparcamos en una zona tranquila, segura, llenísima de coches, en una plaza delante de una iglesia, con una probabilidad de robo de uno entre cien. ¡Y nos roban! No el coche, por suerte, sólo rompieron una ventanilla y se llevaron el manos libres. Se nos quedó dentro por un despiste. Sí, sí, qué tontos. Pero bueno, así tengo una excusa para pasar un día más en Granada, porque hasta mañana no nos lo devuelven con la ventanilla arreglada para poder volver a Salamanca. Y por suerte teníamos seguro a todo riesgo. Ya saben, si alquilan un coche, paguen el seguro a todo riesgo, y no lo aparquen en una zona segura cerca de una iglesia.
De resto, bien. Está curioso ver cómo va transformándose el acento desde el norte hacia el sur, cómo se va andalucizando. Se nota sobre todo a partir de Mérida. También va cambiando la arquitectura, el color blanco en las casas va ganando terreno y también la cantidad de flores en los balcones. Además, se puede ver todo tipo de fauna carreteril, que sigue sorprendiéndome aunque sea de lo más normal (caballos, vacas, ovejas, cabras, cigüeñas, e incluso halcones). Y la vegetación, cómo no, que cuando se entra en Andalucía la cantidad de olivos es impresionante -y su olor también, ¡huelen fatal!- .
Es también muy agradable parar por los pueblecitos que hay entre las ciudades más grandes, para hacer una pausa y tomar algo, y paseárselo de un lado a otro. Hemos parado en uno que se llama Monesterio (así, con e) entre Mérida y Sevilla. Pequeñito y acogedor, y muy bien cuidado.
Esto de los pueblos, los pueblos a los que todo el mundo se va en períodos vacacionales, puentes, fines de semana etc, me sigue pareciendo un fenómeno curioso, porque aunque aquí sea de lo más normal, no estoy acostumbrada a que la gente desaparezca de la ciudad en la que vive y se vaya a un pueblo, más o menos perdido, cada vez que tiene tiempo libre. Porque no sé, en Canarias como mucho nos iremos a un apartamento cerca de la playa, pero siempre está más cerca, y suelen ser zonas turísticas. Y eso si nos vamos. Así en los períodos vacacionales, lo bueno es que ves a tus amigos porque hay tiempo libre, porque están todos relativamente cerca. Aquí cuando hay días libres, no ves a nadie porque todos desaparecen. Quizás parezca una tontería, pero no sé, es otro concepto de organización y al principio es un tanto desolador tener tiempo libre y no tener con quién compartirlo.
¡Ohhh, qué tragicismos! En fin, que no es para tanto. Ya mañana vuelvo a Salamanca, y aunque nos pasaran estas cosillas que siempre creemos que le pasan a los demás y no a nosotros mismos, ha merecido la pena y mucho. Además, por fin he visto el teatro romano de Mérida y he sabido que el alcázar de Sevilla es una preciosidad. Realmente lo imaginaba más tosco, pero tiene una decoración árabe al estilo de la Alhambra que es espléndida. Sevilla es muchísimo más grande de lo que pensaba, y además he aprendido algo fundamental: No voy a conducir en Sevilla nunca. La mayoría de las calles no tienen líneas en el suelo, se conduce por instinto, y hay lugares verdaderamente crispantes donde confluyen varias calles, pudiendo tener cada una tres o cuatro carriles. Además, sin ánimo de ofender a ningún sevillano si me está leyendo, los conductores son un tanto agresivos y las motos hacen verdaderas acciones suicidas. Pensé que iba a morir en varias ocasiones, pero por suerte conseguí salir de allí con vida, porque Dani es un espléndido conductor (gracias Dani).
Para terminar, recuerdo de nuevo que si quieren viajar por ahí, consulten la página de www.couchsurfing.com, de la que ya hablé en otro post anterior, para alojarse con gente que ofrece un lugar en su casa gratuitamente.